HIJA ÚNICA #PALAVECINO

por Mercedes Orden

‘Yo querría saber qué sintió en aquel instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron’
De El Cautivo, Jorge Luis Borges

Es el año 2017, Delfina (Ailin Salas) vuelve a la Argentina tras una larga temporada en Nueva York. Su primera parada es el cementerio: allí yacen Marta y Julia Romero.
Hija Única, el cuarto largometraje de Santiago Palavecino (Algunas chicas, La vida nueva, Otra vuelta, ) construye un relato cuya linealidad se pierde en la fusión entre lo onírico y el pasado. Un incendio, la herencia de una estancia, la pérdida de un viejo amor y la entrega de una cadena por parte de una mujer misteriosa (Susana Pampín) son apenas algunos de los sucesos que ocurren en un pueblo de Buenos Aires, donde llega Juan (Juan Barberini) luego de aceptar su condición de hijo de desaparecidos.
La relación entre la identidad del hombre y lo acontecido durante la última dictadura no es uno de los temas en los que la película profundice, sino que es tomado de un modo superficial, para presentar al personaje y entender la confusión en que vive desde siempre: esos múltiples mundos que se le aparecen a partir de ser consciente, por ejemplo, de que el día en que festejaba su cumpleaños en la infancia era, en realidad, la fecha de su secuestro.

Es el año 2005, Juan se ha convertido en director de cine y está casado con Berenice (Esmeralda Mitre), con quien tiene una hija: Delfina. El cambio de apellido del hombre, tras aceptarse como nieto recuperado, hace de disparador para una revisión de su historia y la explicación de lo que acontece en su familia: una confusión que lo traspasa y hereda su hija al dibujarse entre dos madres, o tomar la ausencia de su compañera de escuela como un lugar que debería ser ocupado por ella.
En Hija única, las temporalidades se superponen, las relaciones se mezclan y las imágenes se condensan y desplazan como en un sueño. Apelando a piezas de música clásica para marcar los climas de tensión y a una cámara cercana a los personajes -con una admirable fotografía a cargo de Fernando Lockett-, el film logra narrar una historia donde el silencio y la oscuridad también adquieren un lugar central.
Distinta por necesidad y compleja por sus múltiples subtramas, la película de Palavecino se para en una teoría que postula cómo las experiencias de los padres pueden dejar huellas genéticas en los niños para usarla de pista y explicar los rostros idénticos, las repeticiones del presente y el pasado -los eternos retornos– y ciertos fantasmas que vuelven para entregar algo que ya no está.

Argentina, 2016
Dirección: Santiago Palavecino
Guión: Santiago Palavecino y Fernando Manero
Fotografía: Fernando Lockett
Dirección de arte: Victoria Marotta
Sonido: Federico Esquerro y Santiago Fumagalli

Edición: Andrés P. Estrada
Elenco: Juan Barberini, Ailín Salas, Esmeralda Mitre, Carmela Rodríguez, Susana Pampín, Stella Galazzi, Luciano Linardi
Duración: 110 minutos

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