ANDRÉI TARKOVSKI: LOS SIETE POR-QUÉ-SÍ

por Mercedes Orden

El 29 de diciembre de 1986 fallecía en París el director de cine ruso Andréi Tarkovski, a sus cincuenta y cuatro años, a causa de un tumor fulminante que en menos de un año acabó con él.
Su primer largometraje, La Infancia de Iván, había logrado que el apellido del cineasta tome notoriedad internacional tras quedarse con el premio mayor del Festival Internacional de Cine de Venecia, en 1962. Ese sería apenas el comienzo de una corta filmografía de apenas siete películas, pero que le permitiría convertirse en uno de los autores más influyentes del cine soviético.

A treinta años de su fallecimiento, esta enumeración plantea una introducción posible a un cine lleno de agua, fuego, recuerdos de la infancia, caballos, perros, árboles secos, ruinas entre otros tantos elementos que el autor repetiría al punto de la obsesión en cada uno de sus films.

La Infancia de Iván (1962).  Encargada por el estudio cinematográfico Mosfilm, el director adaptó de una manera libre el cuento de Vladímir Bogomolov. Si bien lo que esperaban los directivos era exaltar aspectos heroicos del Ejército Rojo, lo que entregó Tarkovski fue una crítica a la guerra, un retrato de las consecuencias de los conflictos armados.
En blanco y negro, La Infancia de Iván narra la historia de un niño huérfano, cuya madre ha muerto en manos de los alemanes. Iván, hace trabajos de exploración para cooperar con las tropas soviéticas, pero los mayores son conscientes de que ese no es su lugar y hacen vanos intentos por sacarlo de allí. Mientras tanto Iván recuerda y sueña los momentos felices de su pasado, y se encapricha advirtiendo que no se irá. El niño no tiene un carácter fácil, y lo advierte: “No tengo más amo que yo”.
¿Por qué sí? La fotografía en manos de Vadim Yúsov y la interpretación del pequeño Nikolái Burliáyev, en el papel de un pequeño con toda su sed de venganza a cuestas, y que actúa como un adulto, acompañado de la esperanzadora pregunta: “¿Será posible la última guerra en la Tierra?” Una forma de concebir los conflictos bélicos desde una perspectiva poética del horror.

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El segundo largometraje del director, Andréi Rublev (1966)  se aleja del campo de batalla y encuentra su relato en un pintor de figuras planas de fines del siglo XIV. Si bien el foco está puesto sobre él, de lo que habla es también de lo que ocurre a su alrededor: un contexto donde la religión y las invasiones tienen un peso importante, sobre todo en los cambios de vida del pueblo ruso.
Con un guión que adapta distintas novelas de un modo cronológico, este largo-largometraje de ¡doscientos cinco! minutos se divide en ocho capítulos: ‘El juglar-1400’, ‘Teófanes el Griego-1405’, ‘Pasión de Andréi-1406’, ‘ La fiesta-1408’,  ‘El juicio final-1408’, ‘La incursión-1408’, ‘El silencio- 1412’, ‘La campana-1423’.
¿Por qué sí? Para entender de qué manera piensa Tarkovski el proceso creador. En su libro Esculpir el tiempo diría: “(…) la afirmación central de esta película es precisamente el hecho de que un artista sólo será capaz de expresar el ideal moral de su época si no huye de sus sangrientas heridas, si las vive en su propio cuerpo, en su propia vida. El trascender en nombre de un quehacer superior de una verdad ‘baja’ experimentada en toda su crueldad: ésa es la verdadera misión del arte, que en esencia es algo casi religioso, una toma de conciencia sagrada de un alto deber espiritual”.

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Solaris (1972). A partir de la adaptación de la novela homónima del reconocido Stanislav Lem, Tarkovski hizo una película totalmente diferente a lo que el escritor hubiese deseado: abandonando el género de ciencia ficción al que pertenece la obra original, la re-adapta para crear una historia que hable de la psicología humana.
Berton es un astronauta que asegura haber visto salir del océano una cabeza de niño y Kelvin, un psicólogo que llega hasta la estación Solaris a fin de comprender lo que ocurre allí. La tecnología se hace presente en esta estación espacial capaz de materializar los deseos, pero lo hace en clave de obsolescencia.
¿Por qué sí? Vista por varios como la versión rusa de 2001, Odisea en el espacio, Solaris se quita de encima toda la impronta de ciencia ficción para llevar a cabo una reflexión sobre la fe, las relaciones humanas y la racionalidad científica. El gran valor es el trabajo de Eduard Artemiev, quien hace de la música un motivo de experimentación y de Preludio coral en Fa menor, de Bach, un acierto.

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El Espejo (1974). Definida por el mismo director como su obra más personal, su cuarta película toma algunos recuerdos (el abandono de su padre cuando era pequeño, el trabajo de su madre, la infancia en la casa de sus abuelos) y se los atribuye a un protagonista a quien nunca le veremos la cara.
La relación con su madre y su ex esposa, y la confusión que ambas le generan, es uno de los conflictos que se dispersan en una estructura narrativa sin tiempo lineal, al igual que el sentimiento de culpa que le genera la gente que lo quiere.
¿Por qué sí? En este largometraje la palabra se pone en primer plano. Si se dice que la obra de este director apela en gran medida al recurso poético, no se puede obviar el film en donde el poeta Arseni Tarkovski (padre de Andréi) lee algunas de sus poesías en off.
Otro hecho a destacar es la mixtura entre material de archivo de España, China y la Unión Soviética y los pasajes del blanco y negro al color, que se unen de un modo onírico para rearmar la vida de su protagonista. “…montar material documental, sueños, apariciones, esperanzas, intuiciones y recuerdos, es decir, todo el caos de las circunstancias” (Esculpir el tiempo, p. 219), dirá el director.
Ya sin Yusov como parte de su equipo, pero nuevamente Artemiev apuesta acertadamente por Bach y gana.

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“Es una película sobre la existencia de Dios dentro del hombre y sobre la muerte de la espiritualidad a causa del falso conocimiento”, escribe Tarkovski sobre su quinto film.
Stalker (1979), es la adaptación de la novela corta Picnic al costado del camino de A. y B. Strugatski. Allí se plantea la existencia de un lugar (La Zona), hacia donde emprenden su viaje tres hombres: el stalker (guía), un escritor escéptico y un profesor que busca nuevos desafíos científicos.
Pese a lo dificultoso de llegar a este lugar clausurado por el ejército (por las desapariciones que se produjeron), la Esfera de Oro que reside allí hace de impulso para estos hombres por un solo motivo: dicen que cumple los deseos reales de cada ser que llega hasta ella.
¿Por qué sí? Apelando a distintos recursos como pasajes del Apocalipsis y deteniendo la cámara sobre las monedas, desechos de guerra, cables, resortes e imágenes religiosas en medio del agua, Stalker plantea una interesante reflexión sobre el arte y la ciencia, y la falta de espiritualidad en la sociedad actual, a la cual define como aburrida.

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Nostalghia (1982) cuenta la historia de un extranjero ruso que viaja a Italia para conocer más acerca de Pavel Sosnovski, un músico del siglo XVIII. Basada en Maxim Berezovski (1745-1777), un cantante ucraniano que trabajó en Italia, pero que se decidió a volver a su país por el peso de la nostalgia, la película gira en torno a la locura y al sentimiento que Tarkovski le atribuye a la población rusa.
Dirá el director “(…) mi objetivo principal, que era reflejar el estado de una persona que llega a estar en contradicción profunda con el mundo y consigo mismo, que es incapaz de encontrar un equilibrio entre la realidad y la armonía deseada, que vive, pues, esa nostalgia que surge, no sólo de su lejanía física con respecto a su patria, sino también de un luto global por la integridad del ser” (Esculpir el tiempo, p.228).
¿Por qué sí? Es la primera película que Tarkovski realiza desde el exilio, filmándola en Italia, en co-producción de la RAI, y plantea otra etapa del director, ya sin las presiones que los estudios soviéticos le imponían. La escena del hombre que cruza una piscina con una vela prendida, como un acto de fe, merece ser vista (más de una vez).

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Dedicada a su hijo Andréi, “con esperanza y confianza“, Sacrificio (1986) es la última película del director, estrenada en el Festival Internacional de Cannes, siete meses antes de su fallecimiento.
Cuenta la historia de Alexander, un actor y profesor retirado que vive en una isla junto a su familia. En el día de su cumpleaños, le enseña a su hijo Gossen una vieja leyenda sobre un monje que plantó un árbol seco y lo regó hasta hacerlo florecer. El niño lo escucha, en silencio, a causa de una operación de garganta. Otto, el cartero, llega hasta ellos, para entregarle los saludos de cumpleaños y un antiguo mapa de Europa a modo de ofrenda.
Ya en su casa, Alexander y sus invitados se ven forzados a pasar por un hecho que les cambiará la vida para siempre y que lleva a este hombre escéptico a pedirle a Dios que no deje que su familia muera, a la vez que decide entregarse al sacrificio como modo de salvación.
¿Por qué sí? Motivos sobran. Filmada en Suecia, esta película alcanza un nivel de belleza estética -teniendo como parte de su equipo de trabajo al del cineasta Ingmar Bergman– difícil de no ser apreciado. A lo que se le suma un guión impecable y planos secuencias como el del final, que hacen de este largometraje una verdadera obra de arte.
Con Sacrificio , Tarkovski quiso dejarnos su visión del mundo actual, el papel del artista y la importancia de sacrificarse a un nivel agonístico. Así como plantea el filósofo Georges Bataille“el énfasis se sitúa en la pérdida, la cual debe ser lo más grande posible para que adquiera su verdadero sentido”.
Es en esa misma dirección que Tarkovski encuentra el verdadero valor. Ese que en la racionalidad moderna es difícil de ser comprendido puesto que todo se mide en términos económicos. “Casi nadie tiene el deseo de sacrificarse por otra persona o por alguna cosa. Lo que resulta decisivo son las implacables consecuencias de ese comportamiento: la pérdida de la personalidad, sustituida por un egocentrismo aún más acusado que el que impregna ya muchas relaciones interpersonales y también las de muchos grupos de población en su convivir con otros, incluso con sus vecinos. Y sobre todo la pérdida de la última oportunidad existente para dar espacio al desarrollo interior en vez del ‘progreso’ material, posibilitando así de nuevo una existencia llena de dignidad”, dice el director.

 

Un comentario en “ANDRÉI TARKOVSKI: LOS SIETE POR-QUÉ-SÍ

  1. Es verdad que me pareció a mí la mas grande película jamás vista. Influenció mi vida y mi visión de las cosas. Pero debo hacer una salvedad: quizás mas que sacrificio deba ser esfuerzo. Un sacrificio es aceptar la pérdida de algo valioso. Tanto un sacrificio como un esfuerzo son cosas difíciles que cuestan. Un sacrificio o un esfuerzo no son actitudes cómodas

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