CAÓTICA MARCELA #FAMILIASUMERGIDA #ALCHÉ

publicado originalmente en Revista Caligari

por Mercedes Orden

ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada.
Alejandra Pizarnik

Rina fallece. A su hermana, Marcela (Mercedes Morán), le toca la tarea más difícil: en medio del proceso de duelo tiene que desarmar el departamento que la mujer habitaba. A la par, trata de mantener en orden su hogar, con tres hijos adolescentes, un marido (Marcelo Subiotto) obligado a ausentarse por trabajo y un lavarropas que se rompe con las prendas mojadas en su interior.
En su primer largometraje como directora, la actriz de La niña santa (Lucrecia Martel), María Alché plantea una atmósfera oscura para definir el presente de su protagonista. Una que se ve interpelada por el dolor, no sólo el de la muerte de su hermana si no el ser consciente de que es la última testigo de una generación, la única que queda viva en esas fotos familiares donde las dudas que surgen quedan irresueltas.
Nadie se ve afectado ante la pérdida de Rina, o al menos no como ella y por tanto Marcela no encuentra un punto de apoyo para conversar acerca de esa etapa que transita. La soledad crece, entre una casa que se vacía de manera paulatina y voces que emergen para calmar las ausencias. En este escenario la protagonista se hunde en una angustia que apenas manifiesta, pero que sin dudas transita, en silencio, desorientada.
Objetos como una fuente, los tapados de piel, un pañuelo, una peluca y pilas de libros cobran otro significado a partir de la desaparición de su antigua dueña. A la par, el hogar familiar se convierte en una especie de bosque indoor cuando todas las plantas de su hermana van a parar allí sin importar si cuenta con el espacio necesario. Algo que parece ser ignorado por los demás integrantes de la familia, ocupados en otras cosas: su hija más grande se acaba de pelear con el novio, la del medio lucha por encontrar su espacio, el más pequeño intenta estudiar y su esposo brilla en su ausencia.
Elementos surrealistas y paranormales se engarzan a la lógica de una vida rutinaria retratada a partir de una fotografía donde la oscuridad y el fuera de foco no son meros caprichos sino que tienen una fundamentación estética clara. La cámara se centra de forma obsesiva en este personaje principal donde dos épocas familiares se enredan. Una de ellas -el pasado- emerge de manera fantasmagórica en personajes donde lo kitsch acompaña historias que ya nadie recuerda, mientras que el presente expone lo irresuelto, lo que incomoda y lo reproduce.

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Familia sumergida propone una temporalidad que parece estar suspendida u olvidada porque eso no es lo que le incumbe a su directora -encargada también del guión-. No es el año ni la década en que transcurre esta historia lo que importa sino lo que ocurre incumbe a cualquier época, a todas las épocas: la historia de una mujer con su soledad a cuestas, de una pérdida y el sentido de una familia en plena mutación. Allí donde la muerte hace de disparador, esta figura se ve atravesada por recuerdos y personajes que la acompañan, incluso aunque no estén físicamente.
Una mujer que, con gestos serios y miradas perdidas, se hunde entre la insatisfacción y la alienación, tratando de hacer pie o al menos salir de a ratos a la superficie a tomar aire, pasando de un encierro a otro de manera continua: del de su casa al departamento de su hermana. Encierros retratados de un modo que podrían recordarnos a la filmografía de Martel y donde la inmovilidad va en paralelo a personajes que son empujados hacia adelante, como autómatas, sin tiempo ni interés para reparar en sus múltiples caídas. Una herencia que también se observa en la construcción de climas, temporalidades y en el modo en que lo surreal irrumpe en la vida cotidiana.
Esta ópera prima claustrofóbica observa la casa por desarmar y la que cobra otra forma atestiguando el proceso de aceptación de lo que ya no es mientras acompaña a una protagonista que no encuentra un sostén, o eso parece, ya que de pronto alguien asiste para demostrarle que quizá no está tan sola y festejarle las escuetas sonrisas que su rostro esboza. Alguien como Nacho (Esteban Bigliardi), un desconocido amigo de su hija que se presenta de casualidad en su hogar luego de que le hayan cancelado una promesa laboral en el exterior y que, a pesar de sus vidas disímiles, le sirve de espejo para observar su deriva.
La película de Alché es la vida cotidiana sucediendo. Una que aplasta y donde el antes pugna con el después, sin llegar a una reconciliación sino, más bien, a una resignación por parte de sus personajes. La complejidad de la lógica familiar, las pequeñas disputas por diferentes tipos de propiedades (una habitación, una bicicleta, un terreno, un cuadro) y el tránsito de un duelo que recién comienza, son tratados de un modo inteligente: dándole lugar a las sombras y fantasmas enrollados en las cortinas pero también entregándole al público los necesarios momentos de dispersión. A lo que se le añade una buena elección de los personajes y de cámara, esta última a cargo de la reconocida Hélène Louvart (Pina, Le Meraviglie, Beach Rats) quien expone el desenfoque de una vida en medio del caos y, con ella, todos sus contrastes.

 

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