ROJO #NAISHTAT

por Mercedes Orden

Comencemos por el principio. No del relato sino del recibimiento que tuvo Rojo, película ganadora de tres premios -Mejor Dirección, Fotografía y Actor- en el Festival Internacional de San Sebastián 2018. Recordarán muchos de ustedes el video que circuló hace varias semanas donde Benjamín Naishtat (Historia del miedo, El movimiento) subía al escenario para agradecer y dar un discurso acerca del difícil momento que está atravesando el cine argentino actualmente en manos de “improvisados”. Un discurso que demostraba el compromiso del director al concluir diciendo: “La cultura dignifica, es parte de la dignidad de un pueblo y la dignidad no se negocia”. Ese compromiso que Naishtat asume en el modo de hacer frente y denunciar las atrocidades que está sufriendo el cine durante la gestión actual es también el que se observa a simple vista en lo que hace, en este caso, en su tercer largometraje, Rojo.

La primera escena de este film está compuesta por un plano fijo, donde se observa una casa que se va desarmando gracias a una fila de vecinos que lleva a cabo una especie de saqueo de objetos con total tranquilidad sin preguntarse por el anterior inquilino que los dejó ahí. La casa es un típico chalet estilo Mar del Plata, pero, al contrario de lo que se podría anticipar, no es de esta ciudad que nos habla la película sino que una leyenda contextualiza “En una provincia argentina. 1975”. Una que podría haber sido cualquier otra por aquel entonces o todas.

La escena siguiente ocurre en un restaurante. Ahora la cámara tiene una presencia distinta: no sólo se mueve sino que juega con el foco y fuera de foco para acentuar qué es lo que en verdad importa. Entonces vemos a un hombre (Diego Cremonesi ) que ingresa y busca una mesa. Una especie de forastero que nadie parece notar. Cuando se da cuenta que el lugar está lleno, se indigna con uno de los comensales (Darío Grandinetti) al observar que no está consumiendo nada sino que espera a su esposa. Todo desemboca en un alboroto en el interior del local. Acto seguido, el forastero se va acusando a todos de ser unos “nazis de mierda”. La mujer del abogado llega, pasan una buena velada y, entre sonrisas, abandonan el lugar. Pero la noche no termina ahí, al contrario, esa es sólo su introducción y la introducción de una historia que comienza con un tiro en la cabeza.

rojo_still

En el largometraje de Naishtat el rojo ocupa cada rincón: la iluminación, un eclipse en medio de la playa, la sangre y el recuerdo de la muerte de esa noche. Una muerte donde la figura del desaparecido se presenta de una forma particular y bien lograda. Una que, de algún modo, va de la mano del rojo pero ahora entendido ya no como el color sino en tono despectivo para señalar un sujeto demonizado por aquel entonces: el comunista -como se deja entrever a partir de los libros que pone en plano la cámara, libros que nadie quiso llevarse de la casa abandonada-.
Rojo es una especie de thriller policial que toma elementos de otros géneros, como es el western, para entregarnos una historia prolija donde un negocio inmobiliario, la presencia del exilio, una obra de teatro que retoma los conceptos de civilización/barbarie y un detective famoso parecen coincidir en un mismo escenario. Un relato histórico donde se expone la complicidad de los habitantes de un pueblo cuyo único deseo es vivir en paz, incluso aunque eso implique complicidad.
Similar a otro notable largometraje nacional como fue La larga noche de Francisco Sanctis (Andrea Testa, Francisco Márquez, 2016), la producción de Benjamín Naishtat vuelve a poner en centro a ese sector de la sociedad que en los setenta prefería optar por seguir la consigna del “no te metás” y donde la violencia se presenta de modo latente en distintos espacios -incluso en una publicidad de Bonafide-. Si bien La larga noche… abordaba a la última dictadura cívico militar, Rojo habla de la misma antes de que comience, con las persecuciones de la Triple A, donde la intolerancia ya era parte de los temas de agenda.
Los setenta mostrados sin necesidad de exagerar. La violencia en todos los espacios sin que haya que llenar la pantalla de tiros y corridas. La fotografía a cargo de Pedro Sotero -a quien vimos lucirse en Aquarius (Kleber Mendonça Filho)-. Son esos puntos fuertes donde termina de entenderse la nueva producción de Naishtat como una impecable obra la cual sirve como una invitación para pensar en aquella época pero también en ésta donde una porción de la sociedad sigue mostrando su complicidad e hipocresía en el intento de no meterse en temas que a todos nos competen.

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