LA VIDA DE ANNA #BASILIA

por Mercedes Orden

Anna (Ekaterine Demetradze) divide su tiempo entre el trabajo como lavaplatos por un salario mínimo, las visitas a la institución donde está Sandro, su hijo, y el cuidado de su abuela. Para intentar satisfacer esas necesidades, tiene un segundo trabajo limpiando la casa de un hombre de clase media-alta a quien no conoce.
Madre soltera, con un hijo autista y una abuela dependiente no parece ser la mejor situación para Anna por eso tiene un plan: conseguir una visa para emigrar desde Georgia a Estados Unidos y así plantearse nuevas oportunidades. Lo cual podría pensarse como una vía de escape dentro de este contexto de vulnerabilidad que la incumbe o como una búsqueda de un futuro mejor para ella y, posteriormente, para su hijo -algo así como una manera moderna de hacer la América-.
Las problemáticas que atraviesan a la protagonista están claras desde el vamos pero, a medida que avanza el relato, la directora expone a la mujer a nuevos obstáculos de manera sádica. De modo que, la abuela comienza a necesitar más atención -o una cuidadora que nadie le puede pagar-, Sandro tiene nuevos ataques, las oficinas gubernamentales no se interesan por su caso, a lo que se le suma el hecho de que conseguir los permisos necesarios para salir del país no resulta ser algo sencillo y una ex pareja no se hace cargo de su hijo ni le acerca ninguna solución sino que, al contrario, la evita sin responder a sus llamados de auxilio.

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La vida de Anna funciona como una historia del día a día de la mujer, junto a una amiga embarazada que intenta ocupar el lugar de sostén, un adolescente enamorado que la persigue y un empleador que, desde una vida que poco tiene que ver con la de ella, le propone una aparente solución. Solución que, lejos de serlo, la fuerza a pensar en sus propios límites en medio de la desesperación que la acompaña.
Como si fuera una película de los hermanos Dardenne pero sin un mensaje profundo, y con ciertos tratamientos moralistas que hacen ruido, una cámara persigue a esta madre soltera para mostrar sus dificultades e incapacidades a partir de llevar sus dramas cotidianos al extremo, ensañándose con ella y dejando la sensación de que la ópera prima de Nino Basilia propone una denuncia de su sociedad pero no llega demasiado lejos -o no tanto como a lo que los Dardenne nos tienen acostumbrados-.

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