EL CUERPO DE LA DESPEDIDA #LACAMA #MDQFILMFEST

por Mercedes Orden
(Publicado originalmente en Revista Caligari)
La lenta máquina del desamor,
los engranajes del reflujo,
los cuerpos que abandonan las almohadas,
las sábanas, los besos,
y de pie ante el espejo interrogándose
cada uno a sí mismo,
ya no mirándose entre ellos,
ya no desnudos para el otro,
ya no te amo,

mi amor.

 

Julio Cortázar

 

El último día en la vida de una pareja después de varias décadas juntos. Los hijos abandonaron el nido hace tiempo, el sexo ya no parece funcionar, los discos son separados en dos grupos, el cartel de la inmobiliaria descansa en el living y la ropa es sacada del placard para recordar otros tiempos en que era parte de la cotidianidad de sus dueños.
La cama narra, de manera cruda el final de una relación, de un hogar, de sus muebles y de los cuerpos que componen y descomponen los espacios. Corporalidades que exponen sin mostrar su lado “cuidado” -como anunciaría alguna vedette ante una producción de fotos en la que sale desnuda- sino los cuerpos tal como son, sin los estereotipos que la sociedad de consumo actual prefiere propone. Cuerpos con el paso y el peso del tiempo que, a su vez, se plantean como fortalezas y debilidades. Eróticos, padecientes, cansados y desesperados.
Los protagonistas son dos, Mabel (Sandra Sandrini) y Jorge (Alejo Mango), pero la casa actúa como el tercer personaje claramente definido mientras que la habitación, especialmente la cama, es el escenario central en donde los sujetos manifiestan sus diferentes estados. Los espacios se llenan de canastos, de cajas, de objetos acumulados durante décadas hasta que lentamente comienzan a vaciarse, al igual que este amor.

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Desde una perspectiva intimista, donde la sensación de voyeurismo está  presente de manera constante, la cámara se propone observar desde un afuera: el de los marcos de las puertas y ventanas. No pretende mostrar una superioridad ni competir respecto a los saberes que maneja el espectador sino que lo invita a ser un testigo más de la cotidianidad interrumpida por una separación.
Un guion con frases escuetas de quienes no tienen nada más por hablar, una sola locación y dos protagonistas puede dar la impresión de sencillez pero, lejos de eso, rápidamente se confirma que la sensación de simpleza no es tal, sino que la complejidad hace al relato. Complejidad del quiebre a los sesenta años, junto a los recuerdos, cuidados y sentimientos que atraviesan a ambos.
En su ópera prima, Mónica Lairana apela a numerosos planos fijos para hacer de la fotografía (a cargo de Flavio Dragoset) uno de los elementos más notables de este largometraje. Uno que cobra valor junto a estos actores que comprenden el modo de recorrer los espacios como si se despidieran de ellos: del placard conjunto, de las cenas frente a frente, las películas en el sillón, el pote de helado con dos cucharas y el fondo de la casa con la pileta y el perro.
El resultado es una oda a lo que deja de ser -como en esa lenta máquina de la que hablaba Cortázar- para cobrar, entonces, nuevas formas y significados. Una que se ubica en el principio de esta despedida. La cama es un largometraje ficcional, sí, pero hecho a partir de dotar a los personajes -así como también a sus acciones y espacios- de tantos elementos autentificantes que termina por entregar(se) junto a una sensación de realismo e identificación donde nadie que se enfrente a ella puede resultar indiferente.

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