LEMBRO MAIS DOS CORVOS #VINAGRE #MDQFEST2018

por Mercedes Orden

publicado originalmente en Revista Caligari

Julia Katharine tiene insomnio, confiesa que ya probó todos los métodos a su alcance pero aun así sigue sin lograr conciliar el sueño. Entonces el documental va para atrás, indaga sobre el pasado y llega hasta su niñez, algo difícil de hablar y mucho más de mostrar –a partir de fotos vestido de niño con las que no se identifica-. Con cierta vergüenza, nombra esa etapa donde descubrió de forma precoz el amor, teniendo apenas ocho años en un tío abuelo cuya figura, hasta entonces, suplía la ausencia de su padre a la vez que generaba la admiración de su madre. Fue él quien la trató por primera vez como una mujer aunque no haya sido delante de los otros, sino que lo hacía de modo secreto, comprándole vestidos y apodándola Priscila.

Eso que para ella era una relación común, como esas que veía en las telenovelas de horario central  hoy sabe lo que realmente era: un abuso por parte de un hombre de cincuenta y cinco años. Una relación desigual que, cuando creció y terminó de manera abrupta, le abrió un nuevo mundo mientras aprendía a otorgarle un sentido a lo que había vivido. Una que ahora, desde la distancia, la llevan a afirmar que entiende que fue víctima de un pedófilo pero que no consigue victimizarse. Una relación que definiría su modo de comprender la idealización y el amor. Un abuso que no sería el único en su vida.

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Apenas una cámara -gran parte del tiempo fija- muestra a su único personaje en el centro de la escena mientras toma vino. La intención de este largometraje parece una apuesta simple: sólo algunos objetos son dispuestos alrededor de la habitación generando un contexto íntimo en el cual ella se entrega gracias a la confianza que siente hacia su amigo director quien, a partir de un puñado de preguntas,  guía sus historias. Historias de una protagonista que se niega a pensar que su film debería girar en torno a temas tristes, ya que no es ese el que le gustaría protagonizar.

Filmada en una noche –o al menos eso pretende aparentar- el largometraje de Gustavo Vinagre se centra en los relatos de una mujer trans con una vida signada por grandes y pequeñas tragedias personales  que van desde problemas de salud, abusos y una relación complicada con su madre. Pero no es en lo único que se detiene, sino también en el amor de Julia por el cine, pensado no sólo como un espacio que encontró en la juventud para evadirse de la realidad, sino que también –y sobre todo- como lo que la salvó de la locura, el suicidio y la depresión. Así nació su cinefilia de la cual ahora nos habla mientras toma un te y recuerda su trabajo de la juventud en un videoclub –del que se llevaba las películas de Woody Allen, Ingmar Bergman y Rainer Werner Fassbinder, entre otros-; confiesa su admiración por directores como Yasujiro Ozu y vuelve a las escenas que marcaron su vida así como le abrieron una puerta para refugiarla del dolor.

Lembro mais dos corvos de una ópera prima urgente y necesaria. Una que no sólo hace referencia de su protagonista sino también de un colectivo aún invisibilizado en muchos escenarios. El lazo entre Vinagre y Julia –actriz con la que ya había trabajado-  resulta fundamental ya que permite exponer las vulnerabilidades que tuvo que atravesar este personaje, permitiéndole hablar ahora de todo eso que incomoda mientras una cámara la observa de frente o de espaldas, a través de un espejo, para dejar en claro que la prioridad es mostrarla desde todos sus costados.

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