TODO FUE UNA TRAMPA #LABALADADEBUSTERSCRUGGS #COEN

por Mercedes Orden

Los hermanos Coen siguen con las películas homenajes. En su anterior producción, Hail, Caesar! (2016) comprueban que sirven para eso, no porque sus últimas entregas resulten notables dentro de su cine sino porque saben cómo llevar a cabo un reciclado sobre lo mismo, darle un toque moderno a productos poco llamativos, disponiendo de los recursos necesarios para lograrlo incluso aunque el resultado final sea un mero vacío. Su nuevo trabajo, La balada de Buster Scruggs no es la excepción sino una clara confirmación de que Ethan y Joel encontraron una veta, un lugar cómodo sin tener que romperse la cabeza en inventar algo.
Si en el largometraje de 2016 los directores presentaban la vida de un hombre de la industria cinematográfica de 1950 apelando a distintos géneros en boga de la época del studio system, como el western y el musical, en la nueva producción apadrinada por Netflix, vuelven a presentarse ambos de un modo distinto. Ahora lo que se propone es un libro de fábulas donde el hilo conductor de los seis episodios que lo componen es la vida en el lejano Oeste.

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El primero de ellos es el que le da nombre a la película, allí aparece un pistolero vestido de blanco quien se jacta de sus habilidades con las armas y aporta el género musical a este film de -unos largos- ciento treinta minutos. “Near Algodones” es la segunda historia, centrada en un forastero que llega hasta un banco para llevar a cabo un robo, pero sus planes fallan y termina arriba de un caballo, con una soga al cuello, sostenida de un árbol. “Meal Ticket” sigue a una dupla en su intento de sobrevivir yendo de pueblo en pueblo presentándoles a sus habitantes un espectáculo unipersonal a cambio de monedas. El protagonista del mismo es un hombre sin piernas ni brazos quien básicamente necesita de su compañero mientras que este último lo usa como su sustento económico.
“All Gold Canyon” es quizá la historia más lograda -y tampoco tanto- inspirada en un relato de Jack London. Allí vemos a Tom Waits interpretar a un especie de homeless que va por la vida en búsqueda de oro. Para lograrlo, acampa en donde sea con el fin de acercarse más al terreno donde lo encuentre, sólo que no es el único que tiene ese plan. “The Gal Who Got Rattled” tiene como protagonista a una mujer que emprende una expedición para llegar a quien su hermano le prometió que será su futuro marido, uno que le conviene por su posición económica. Pero el camino por el desierto no resulta para nada fácil, sobre todo cuando aparece un grupo de indígenas. La última fábula, “The Mortal Remains”, se centra en un viaje en carro. En su interior, los cinco personajes se presentan y dan a conocer las facetas más oscuras de su vida, en especial un dúo que lleva a cabo negocios turbios que incluyen, por ejemplo, el hecho de transportar en el techo del vehículo un cadáver.

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Todas las historias se plantean en la misma clave: el humor negro. No hay finales felices sino que, al contrario, cargan con, al menos, un asesinato que les da su razón de ser. Esta balada insertada en un terreno árido de caballos y saloones, pone en centro la muerte sin presentarla de modo profundo, sino que detrás de ese filtro sepia que alcanza a todos los espacios -en un intento de crear un clima vintage-, hay un viento naif que impulsa los relatos hacia adelante. Un manto que cubre todo el film y la ayuda a convertirla en un producto fácilmente comercial.
La fotografía a cargo de Bruno Delbonnel -con quien los directores ya trabajaron en La balada de un hombre común, 2013- puede considerarse el gran valor de este film. El aspecto que hace falta reconocer aunque por momentos las composiciones caricaturescas pequen de exageradas. Junto a ella, el otro elemento a destacar en la banda sonora a cargo de Carter Burwell, compositor que viene colaborando con los hermanos Coen hace más de treinta años. La música no sólo que acompaña sino que toma cuerpo y se convierte en un personaje más de las historias, como en los viejos western de Ennio Morricone, aunque no se puede comparar con tal grandioso compositor.
La balada de Buster Scruggs hace uso de bandidos, chalecos, sombreros y botas texanas, carteles de wanted, apuestas, alcohol, caballos y desierto necesarios para que el homenaje logre su objetivo. A lo que se le suman los temas recurrentes como la revenge story y la tensión entre hombres blancos e indígenas -retratados estos últimos a partir de su demonización-. De modo que los Coen logran salirse con la suya, aunque una vez que -por fin- la película termina, la sensación que deja es que los directores se olvidan del contenido, que su interés reside en demostrar que cuentan con todos los recursos para cautivar a un público masivo.
No son las historias las que cautivan ya sino que todo parece ser un motivo, una excusa para exponer el lenguaje, mostrar la potencia del cine digital, un mero medio, donde el resultado final parece dar igual mientras los episodios se suceden a modo de serie sin dar respiro, agobiando a los espectadores que, en el mejor de los casos se sentirán hipnotizados ante ciertos aspectos técnicos y no cuestionen en profundidad la banalidad de esta narración.
Al final, esta balada puede pensarse como una trampa que nos tendieron los Coen, quizá con la misma ambición de sus personajes -interpretados por actores ya conocidos-. Una trampa que demuestra que ya hace tiempo dejaron de ser esos “chicos raros” del cine para convertirse en meros directores de una industria que cambia la forma de sus productos pero no la fórmula.

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