CAZADOR DE SOUVENIRS #INTRODUZIONEALLOSCURO #SOLNICKI

por Mercedes Orden

Una tela negra, una pluma, una taza robada del café Engländer son algunos de los objetos a partir de los cuales Gastón Solnicki se propone un difícil desafío: rendir homenaje a su amigo Hans Hurch, el crítico y mítico director del Festival Internacional de Cine de Viena recientemente fallecido a causa de un ataque cardíaco. Un homenaje que se extiende y supera al mismo personaje para hablarnos del amor por el cine a través del modo en que se encara este proyecto con una elegancia capaz de detectarse en cada plano, incluso en los los objetos que no parecen hablarnos de ella.
De modo que Solnicki viaja hasta Viena para pasar por los lugares que alguna vez resultaron dignos de  alegría para su amigo y percibir ciertos elementos autóctonos demostrando que también eso era Hurch. Caminar por Viena, recuperar el espíritu de lo que el crítico dejó tras sus pasos en sus calles, sus bares, las salas. De tal manera, el director de Papirosen (2011) elabora su duelo y le da un nombre a ese espacio vacío y oscuro que emergió en medio de la ausencia.
Pero esta película no es sólo un recorrido delicado por la ciudad de origen de quien supo dirigir la Viennale desde 1997 hasta 2017, sino también un modo de inmortalizar sus gestos, sus acciones, de conciliar dos términos que contraponía Walter Benjamin: el de flâneur (hombre que callejea sin rumbo) y el de cazador de souvenirs -el cual este autor le atribuía a los turistas-. En este caso, los “souvenirs” no eran cazados sino robados por Hurch y ahora también por Solnicki quien retoma su herencia.

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Introduzione all’oscuro se alimenta del poco, pero potente, material de archivo como son los audios en donde se comprueba la intimidad del lazo -a partir de los consejos que el crítico le daba al director-, como así también en algunas fotografías y la correspondencia entre ambos.
A lo largo y ancho, el homenaje se va conformando con cierto aire de improvisación en la historia de una amistad contada a partir de diversos recorridos de Solnicki junto a una notable cámara a cargo de Rui Poças (director de fotografía de Zama) -y tomando como inspiración la pieza del compositor Salvatore Sciarrino- para llevar adelante su propio réquiem y así construir la despedida que no pudo ser. Despedida a un hombre que sentía placer por las palabras, capaz de observar de modo detenida su obra, disfrutarla como espectador y a la vez criticar a partir de la legitimidad que el mundo del cine le concedía.
Gastón Solnicki va en búsqueda de la seda de los trajes que el hombre usaba y de su pluma sólo para sentir a su amigo presente por un rato más o, al menos, dejar sus gestos retratados, algo que permita eternizar la frescura y simpleza que le otorgaba al mundo apelando a una fotografía que llega hasta la profundidad de las cosas. Que parece trascenderlas para llegar a lo más bello de cada objeto, de una caja de chocolates, de un puñado de postales. A lo más bello, también, de esa amistad que va más allá de los cuerpos.

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