LA VIDA EN EL BARRIO ES ASÍ #ATENAS #GONZÁLEZ

por Mercedes Orden*

Perséfore (Débora González) acaba de conseguir la libertad condicional. Después de pasar cuatro años y seis meses encerrada, le toca entender cómo está el mundo del otro lado de las rejas. Al salir, nadie la espera y ella camina, sin saber cómo llegar hasta su casa. ¿Pero es que tiene alguna casa? en verdad no, sus padres murieron y ella está sola. Luego de una serie de obstáculos -como el de conseguir una tarjeta de transporte para poder viajar en colectivo y así volver a Villa 21- va a visitar a una amiga quien, tras darle la bienvenida con alegría, le explica que sólo la puede hospedar una noche, ya que todos allí están en una situación similar, tratando de sobrevivir como se pueda.
Perséfore sigue su camino, improvisando sobre la marcha. Quiere rescatarse y no volver a delinquir, pero ese deseo no depende sólo de su persona sino también de un entramado social cuya organización funciona excluyéndola. A pesar de esa lógica, los lazos de solidaridad se generan entre los pares y entonces una mujer a quien acaba de conocer entiende su desesperación y la invita a vivir en su casa mientras la joven comienza a pensar en su presente y futuro próximo. Una casa cuyo retratos homenajean las figuras de “héroes” populares como Evita, el Che y el padre Mugica, héroes cuyas acciones buscaron el modo de darle dignidad a la clase marginada, esa misma de las que ellas ahora son parte.
En su nueva película, César González (¿Qué puede un cuerpo?, Diagnóstico esperanza, Exomologesis) propone una vez más a la exclusión como prioridad. Ya no desde la mirada de un joven que vende medias para llegar a comprarse las zapatillas de la casa de deportes, ni desde la de un nene que quiere ser cantante aunque se burlen de él, si no a partir de un personaje femenino, con las exclusiones añadidas que eso supone, junto a los estigmas de la clase social a la que pertenece y a la discriminación por el hecho de haber estado privada de su libertad.

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González elige los rostros de actrices y actores que ya vimos en sus anteriores películas para ubicar una vez más al barrio como terreno de conflicto construyendo allí una representación de sus habitantes pero también de los de afuera. Ese exterior que irrumpe con la excusa de ofrecer una ayuda estatal pero poco se preocupa de manera genuina por la prosperidad de las clases postergadas. La denuncia de un Estado al que no le interesa hacerse cargo de estos actores resulta clara y urgente en su cine. Uno que se olvida de los pobres o, peor aún, no se siente cómodo con ellos y por tanto los excluye, mientras los condena a nacer, vivir y morir en la miseria, a otorgarles pocas o nulas posibilidades para salir de ella.

Atenas expone un continuum de vulnerabilidades, precariedades a las que se ven obligados los vecinos de un barrio del conurbano bonaerense. Uno como cualquier otro, donde conviven el rumor del pibe de dieciséis años que acaban de matar, el otro que vuelve a la casa materna luego de una temporada en el infierno carcelario, la transa que le grita a sus hijas para que vendan más. Pero también los picaditos con amigos -donde las camisetas de cualquier equipo de fútbol son bien recibidas- y la mujer que sale a buscar a una amiga que no volvió.
Una periferia que en González resulta creíble porque es de donde proviene. No es la villa de emergencia construida a partir de la visión de un director nacido en cuna de oro -donde la preocupación estética parece ocupar todos los espacios para que no se vean las falencias de esa mirada- sino  la villa despojada de moralismo. Esa donde no resulta urgente mostrar héroes y villanos sino mostrar el modo en que el director los ve, plasmando de simbolismos la pantalla a partir de pensar imágenes que logren exponer las violencias simbólicas a las que sus personajes se ven expuestos.
En medio de esa presentación de conflictos aparece Atenas, un film cuyo título puede pensarse desde el imaginario común de la ciudad que alguna vez fue cuna de la democracia, y donde los términos demos kratos referían al poder del pueblo. Pero que González la usa para pensar en el presente argentino, y entonces: ¿qué democracia es la que aquí se propone? un pueblo en la villa que se ve despojado de su poder y donde resulta clara la falta de oportunidades y de acceso real a un estilo de vida mejor.
Si en el cine argentino actual este escenario de emergencia resulta pintoresco, un paisaje habitual que capta la atención y cautiva desde el exotismo a numerosos directores, lo que González observa y propone otra cosa. Un cine que molesta por distinto, por no querer ser parte de las miradas de siempre, por romper con las convenciones de lo que sería o no el buen cine. Uno que le saca la atención al cómo se hace para poner el eje en el qué y por qué se dice proponiendo un cine social que no tiene el deseo de retratar a partir del sensacionalismo sino construir una realidad que existe y darla a conocer, de decir con imágenes, como ya lo cantaba Viejas Locas, que la vida en el barrio es así.

*Publicado originalmente en Revista Caligari

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