LA CALLE INVITA #LOSDIASDELABALLENA #ARROYAVE #BAFICI #BAFICI2019 #21BAFICI

por Mercedes Orden
publicado originalmente en Revista Caligari

En julio del año pasado los noticieros de horario central comentaban el asesinato de “Teur”, un graffitero colombiano, en manos de un vecino del barrio de Almagro quien lo confundió con un ladrón cuando lo vio trepado en un edificio lindero en donde estaba haciendo su tag -claro está que si hubiese sido un ladrón tampoco justificaría el uso de un arma de fuego-. Con el transcurrir de los días, los periodistas fueron olvidando la noticia pero no así la ciudad de Buenos Aires donde comenzaron a abundar graffitis dedicados a este joven de diecisiete años. Todos, dentro de ese submundo, se vieron afectados ante la pérdida. Podrían haber sido ellos, pero fue un compañero, un colega vandal. La idea del peligro al que estaban expuestos, era un golpe de consciencia. Uno de esos que se actualizan cuando ocurre algún caso similar -como por ejemplo, el de “Plef”, asesinado este verano en Uruguay en medio de una situación poco clara-.
Los días de la ballena pone al peligro al que se enfrentan los graffiteros como el tema de su ficción. Allí, dos jóvenes (Cris y Simón) juegan con los límites que marcan las calles esquivando polícias y bandas criminales, en una comuna de Medellín, Colombia. Estos protagonistas que de día discuten con sus padres, van a la universidad o se juntan con otros artistas para armar un fanzine de denuncia; de noche salen a “rayar”, a dejar sus marcas en los muros escapando de riesgos tras sus pasos, sin escuchar los consejos de sus amigos y creyéndose inmortales, incluso cuando las amenazas vienen a buscarlos y prometen no dejarlos en paz.
En paralelo otra historia -o metáfora- comienza a avanzar de fondo, tras la aparición de una ballena en el Río Medellín. Presencia que termina por instalarse en la Avenida Oriental, frente a los habitantes de esa ciudad, algo que es normalizado y a lo que no se le busca un sentido lógico puesto que no parece inquietarlos incluso aunque entorpezca el flujo de su vida cotidiana para ubicar en el relato una pizca de realismo mágico. Porque, hay que decirlo: ¿qué otro país si no la Colombia de Macondo podría entregar ese tipo de realismo de manera tan eficaz?.

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Catalina Arroyave pone la atención en los muros y en las manos que los pintan. En las diferencias de clases y de edades. En juventudes expresadas en bicicletas, pelos de colores, pantalones rotos, remeras desteñidas, aros y tatuajes. En los bocetos pensados de a dos, en una casa cultural donde los proyectos circulan. En adultos que marcan los “no” y jóvenes que creen que todo lo pueden, mientras se paran sobre los hombros de sus compañeros para poder pintar más alto, para creerse inalcanzables dejando al descubierto una cuota de confianza que encuentra a sus personajes jugando para el mismo equipo.
Esta ópera prima no olvida la violencia que acontece en Medellín pero tampoco pretende que tal tema acapare toda la atención, sino que lo combina con una historia de amor y otro gran tema: el territorial, el cual le otorga la potencia y justifica esta narración, donde la música urbana y la ciudad repleta de colores provenientes de graffitis y murales hacen a su identidad. Temas que sirven de marco en la historia de estos artistas que entre celos, bailes, aerosoles MTN y rebeldía, se hacen grandes a la vez que aprenden a las corridas pero, también, a los golpes los códigos de la calle y el hecho de que nadie -ni siquiera los más jóvenes- es inmortal.

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