LA SOLEDAD DEL ENCIERRO #LLUVIADEJAULAS #GONZÁLEZ

por Mercedes Orden
publicado originalmente en Revista Caligari

(…) Cuando cae un relámpago no es bueno
ponerse bajo un árbol…
Tampoco es bueno en la ciudad ser un niño
que crece a las patadas, come a los saltos,
vagabundea a más no poder,
se apodera de una fruta, arrastra una cartera,
ve a un policía y corre, le tiran por la espalda,
le pegan en la cabeza…
Hay un instante que separa lo que está vivo
de lo que está muerto…
Es un instante fugaz la eternidad…
El niño y el policía, Vicente Zito Lema
Tres chicos viajan en un tren mientras un ganado humano camina en la misma dirección rutinaria por una estación, en hora pico, un día de semana. Luego un colectivo llega al barrio. Se hace de noche, llueve. Un chico juega con un globo, detrás de él, un póster de El pibe, de Charles Chaplin y otro de Los olvidados, de Luis Buñuel.
¿Coincidencia? Los que conocen el cine de César González saben que nada resulta inocente, quien siempre parece recordarnos a Roland Barthes cuando decía que no hay objetos que escapen al sentido. Claro que los sujetos tampoco pueden hacerlo, sino que los construyen a la vez que son construidos por los mismos. Cuerpos atravesados por los discursos, que naturalizan y reproducen un modo de producción social.Si la película de Buñuel postulaba la miseria de un grupo de jóvenes en un barrio marginal de la Ciudad de México, González lo hace en una villa del Conurbano bonaerense.
En Lluvia de jaulas los “olvidados” son chicos que andan solos mientras los adultos están muertos, encerrados, perdidos o no tienen el tiempo para dedicarles, para generar un círculo de contención que ninguna institución les otorgó a ellos. Entonces juegan a la pelota, conversan en la vereda acerca de algún caído, arman un nevado, toman alcohol, cocinan con lo que hay, cuidan a los más pequeños, cuentan sus miedos. La soledad como tema acompaña el relato pero también a la filmografía de este director. Los pobres están solos, invisibles, sin leyes para ellos, sin un concepto de lo público que en verdad los tenga presentes.

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Entre una escena ubicada en un hospital y la de los pibes en la villa, se entromete otra donde la clase media irrumpe. González la examina de forma breve sin ninguna voz en off que la explique pero invitándonos a ser interpelados por las imágenes mientras se exhibe el contraste de las preocupaciones de las distintas clases. Con glitter, graffitis, pelos de colores y música, la clase media pide por el aborto legal seguro y gratuito, para evitar que las pibas mueran en la clandestinidad.
Pero las pibas, en particular, y los pobres, en general, mueren de múltiples formas sin que la multitud llene las calles para impedirlo. Los cánticos de la ola verde no se oyen en un escenario donde los tiros suenan más fuerte, mientras los patrulleros llegan y los niños corren a ver qué ocurrió. Allí también se muere por una bala, por hambre, por frío, porque no hay recursos siquiera para llegar a un hospital. Las chicas desaparecen y nadie pregunta por ellas, sus caras no llegan a los medios de comunicación, a las banderas de las marchas. Preocupaciones y demandas que no son tenidas en cuenta por gran parte de una clase que lucha por lo que en verdad no incomoda al sistema, o al menos no tanto como los pobres. Incomodidad que empuja a su invisibilización, ya que si ellos no se ven, no existen.El cine de González observa esas demandas. Le presta voz a los sin voz.
Es consciente de ser una construcción -exponiendo el dispositivo en sus movimientos de cámara, en los cortes, la música intra y extradiegética y los ruidos- pero se sirve de ello para mostrar su modo de ver: las jaulas de la marginalidad que obligan al encierro tanto dentro como fuera de la cárcel, sin que sea posible escapar de tal situación. Prisiones donde los otros condenan a un destino que ellos no pueden elegir, privándolos de la libertad, reprimiéndolos para su propia tranquilidad. Su cine se detiene en los cuerpos de los excluídos, opta por primeros planos de rostros como el de Alan Garvey -ese joven a quien vimos crecer en los largometrajes de este director-, las miradas sin esperanzas y las distintas formas que cobra la corporalidad exhausta, festiva y derrotada a la vez. Cuerpos que en su subjetividad permiten reflexionar acerca de lo colectivo, sobre las lógicas políticas que los atraviesan, los exponen al rechazo y olvido de las demás clases.
Lluvia de jaulas plantea un guion con diferentes recorridos temáticos, pero también físicos entre los barrios y el centro, con sus propios ritmos. Allí, realidad y ficción se funden con la poesía y la filosofía que no olvida a los derrotados, sino que hace de ellos el cimiento de esta producción mientras denuncia y reflexiona acerca de una sociedad que define, de forma foucaultiana, como panóptica.Tomando la idea de Ken Loach quien, en el 2014 postulaba la necesidad de que las películas desafíen el relato de los poderosos, César González desafía ese relato en dos movimientos: por un lado, el de los discursos sociales que circulan pero también sentando su posición frente a los relatos de los poderosos del cine. Esos que tienen los medios de producción de su lado y a los que sólo les queda la tarea de pensar historias con villas en las que no se criaron, cárceles donde nunca durmieron, y luego estrenar, recorrer festivales, antes de comenzar a pensar sus próximas películas y entonces olvidarse de la marginalidad que alguna vez les resultó pintoresca. Olvidarse de esas caras, de esos escenarios y esos cuerpos de los que, por suerte, no se olvida César sino que los presenta como su modalidad para desafiar y resistir

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