TODO EL MUNDO ES MI LUGAR “DELFÍN” #SCHEUER

por Mercedes Orden

El único recuerdo que le queda a Delfín (Valentino Catania) de su madre es un cuaderno que ella le preparó a lo largo de su embarazo. Solo eso y el nombre naif y soñador que la mujer eligió, según recuerda su padre (Cristian Salguero), para que todo el mundo sea suyo. El pequeño parece haber heredado ese espíritu soñador siendo su máximo deseo convertirse en un miembro de la orquesta de niños del pueblo vecino, Junín. Claro que eso no es una tarea sencilla teniendo en cuenta la realidad que lo envuelve.
Delfín -nombre del protagonista pero también del film- vive junto a su padre en una casa improvisada y humilde de Los Toldos, a trescientos kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. Todas las mañanas ambos se despiden para ir a sus respectivos trabajos: el adulto, a la construcción; el menor, a la panadería en donde hace repartos, antes de ponerse el guardapolvo e ir a la escuela. Cuando vuelve a su casa, practica con un instrumento improvisado con una manguera, luego prepara la comida y espera a su padre para intentar convencerlo de que lo lleve el sábado siguiente a la prueba.

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La tercera película de Gaspar Scheuer (El desierto negro, Samurai) hace uso de un destacable trabajo fotográfico para narrar una historia mínima donde la potencia está en el modo en que se materializa la falta de oportunidades a partir de un niño cuyo deseo parece no corresponderse con su presente y que encuentra en el amor y la música un modo de evadirse. Delfín pelea por lo suyo, convencido de su potencial -al fin y al cabo, es el único del pueblo capaz de tocar el corno francés-, aunque el mundo de los adultos imponga otros ritmos y preocupaciones. Adultos que no tienen en cuenta el interés del pequeño ya que mientras su padre se preocupa por sobrevivir, en la escuela el peso está puesto en la institución de manera general y no en cada alumno en particular, por tanto las autoridades no escuchan el ruego del niño para que le sea prestado el antiquísimo instrumento el día en que tiene que ir a Junín.
Presentada en la sección Écrans Junior, de la última edición del Festival Internacional de Cannes, Delfín construye un relato que se guía por el ritmo de los márgenes,  donde la pobreza está presente como tema pero no se hace abuso de ella, sino que es observada
 a través de los ojos de un protagonista empujado a crecer en soledad, luchando contra el mundo de los adultos allí donde la meritocracia aparece para confirmar su falsedad.

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