LO QUE SE ROBA, NO SE HEREDA. “EL HIJO DEL CAZADOR” #SCELSO #ROBLES #FIDBA2019

por Mercedes Orden

Una entrevista de archivo introduce al protagonista de este documental, Luis Alberto Quijano, hijo de un oficial de gendarmería (Luis Alberto Cayetano Quijano) a quien lo apodaban “El ángel” y cuyo rol durante la última dictadura militar lejos está de poder relacionarlo con dicha figura. Los periodistas transmiten su dificultad para hacer la nota y resulta comprensible: el padre del entrevistado fue acusado de 416 delitos (entre ellos, 158 privaciones ilegítimas de la libertad, 154 cargos por tormentos agravados, 98 homicidios calificados, 5 imposiciones de tormentos seguidos de muerte y un cargo por secuestro de un menor de diez años), algo que a él no le es desconocido ya que a sus quince años fue convocado para trabajar en un grupo de tareas en el centro clandestino La Perla, en Córdoba, etapa que resultaba una verdadera aventura ideal. Al fin y al cabo, pensaba, el país estaba en una guerra y él tenía la posibilidad de luchar contra la subversión y el terrorismo.

Hijo del cazador 3 - Federico Robles.jpg

El hijo del cazador presenta a Quijano volviendo arrepentido hacia La Perla, o al menos eso aparenta, mientras se detiene a hablar del lugar de tortura, cuyos registros perduran en los casettes que su padre sádico le entregó con las sesiones aplicadas sobre los cuerpos dolientes. Por aquel entonces, la tarea asignada al adolescente era destruir la documentación, la literatura y todo el material secuestrado en los operativos. Pero no todo era meramente ideológico ni todo fue destruido sino que parte del botín le permitió al represor enriquecerse y adquirir varias propiedades, ninguna de ellas heredada por Quijano hijo. He ahí el punto de conflicto que los directores Germán Scelso y Federico Robles detectan, ya que el protagonista de este documental pasó de ser un colaborador a un disidente, un testigo que declaró en la megacausa del centro La Perla, y cansado de los abusos físicos y mentales, optó por el escrache como un modo de venganza. Escrache a un padre psicótico que convive en él junto con la ambigüedad de un discurso donde se cristaliza su ideología de derecha en frases polémicas como cuando dice que la sociedad fue “muy culpable” de lo que pasó durante la dictadura intentando quitarle culpabilidad o equiparar la violencia estatal con la civil.
Este hijo de cazador habla en primer plano, como si fuera un confesionario. Cuenta sobre su presente frente a una cámara que no se despega de él, excepto cuando enfoca a su mujer bielorrusa, hija de un policía soviético. Un micrófono lo invita a contar su historia creando la ilusión de objetividad, en un intento de no intervenir en lo que tiene para decir, borrando las huellas de la construcción del discurso para dejar que sean los espectadores quienes juzguen a ese hombre que así como juega con sus perros, también habla de colgar a la ex presidenta y de la necesidad de la pena de muerte.

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