LA EMPATÍA HECHA OBRA. “VARDA POR AGNÈS” #VARDA #VIVAVARDA

por Mercedes Orden

Quisiera que me recuerden junto a la risa de los felices
la seguridad de los justos
el sufrimiento de los humildes.
Joaquín Enrique Areta

“Sobrevivimos en la obra. Por eso hay que hacerla con amor”.
Adolfo Bioy Casares

La primera vez que vi una película de Agnès Varda fue en la facultad. Recuerdo la mañana de Taller de Expresión II (Audiovisual), el carisma y la particularidad de ver a una directora-recolectora. Así se la mostraba en Los espigadores y la espigadora, entre los corazones de papa, motivos pictóricos y la empatía hipnótica de esta mujer exponente de la Nouvelle Vague. Ahora la veo en su última película, la vuelvo a encontrar en plano recolectora, como quien guarda lo que no quiere perder: el modo en que deseó que la recordemos.
Su anterior película, Visages Villages había servido como un golpe de realidad que ponía ante nuestros ojos los “achaques” de la directora mientras recorría Francia buscando rostros para fotografiar, en un camión-cámara, junto a JR: las dificultades de visión, las motrices a la hora de subir una escalera para alcanzar a este artista urbano de mirada desconocida, la necesidad de una silla de ruedas para poder correr por el Louvre funcionaban como testigos de ciertos impedimentos que contrastaban con la juventud de su espíritu. Aún así, había un factor de negación, un pensar que todavía quedaba mucha Varda, hasta que en febrero de este año presentó en la Berlinale su carta de despedida.

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Habiendo perdido a Agnès en marzo de este año, ir al cine a verla cobra ahora otro sentido: estamos allí elaborando una pérdida, aceptando su falta, algo de lo que ella era consciente que iba a ocurrir y optó por dejarnos Varda por Agnès como parte del testamento donde todos figuramos como herederos, donde nos da las instrucciones de cómo quiso quedar inmortalizada en nuestra memoria, a partir de tres pilares: “Inspiración, creación y compartir”.
Allí se la ve diminuta -podría pensarse como la anciana Úrsula en Cien años de soledad, que se va haciendo más pequeña hasta desaparecer de la Tierra- mientras lleva a cabo un repaso de su obra frente a un auditorio donde bajo la modalidad de humildes lecciones de cine en diferentes escenarios, cuenta anécdotas acerca del origen de películas como Cleo de 5 a 7, La felicidad, La espigadora, Black Panthers 1968, Sin techo ni ley, Lions Love, Daguerréotypes, Jane B par Agnês V. Habla como directora, sí, pero también como fotógrafa, como artista, como viuda, como amiga, como representante de un feminismo militante, como testigo de su época.
Una mujer consecuente, que hizo de su vida un motivo de arte y alejó al mismo de la frivolidad. Que lo humanizó, exponiendo su ideología y sus inquietudes sin olvidar la belleza estética -escribo esto y se me viene a la cabeza ese corto tan bello hecho con fotografías como es Salut les Cubains-. Varda por Agnès es la despedida que ella nos quiso dejar. La misma caricia y paz que supo transmitir con su obra. Una mano invisible que seca las lágrimas que caen de manera inevitable en ese espacio de vivencia oscura y colectiva como es la sala de cine. Llegando al final, la directora se va perdiendo, entre la arena de esas playas que hicieron a su identidad y siento que fui injusta al decir, párrafos atrás, que va desapareciendo por su tamaño. Agnès se hizo enorme y ahora sobrevive en todos los espacios. Hoy, como siempre, Viva Varda.

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