EL RECUERDO ANALÓGICO: “LAS BUENAS INTENCIONES” #GARCÍABLAYA #MDQFILMFEST2019

 

Nos quieren transformar,
no lo lograrán.

 

Gustavo (Javier Drolas) es un padre con buenas intenciones. Está presente, disfruta del tiempo junto a sus hijos, de la vida compartida, pero no se lo plantea con la responsabilidad suficiente. Situación que se confirma en hechos cotidianos como cuando lleva a los pequeños a ver un partido de River en medio de una tormenta o a reuniones de adultos, llega tarde a actos escolares por quedarse junto a sus amigos e incluso al presentarles a los pequeños sus citas ocasionales.

Desde el comienzo Las buenas intenciones, retrata esta particular paternidad en medio del desorden de su hogar, algo que no parece incomodar del todo a Amanda (Amanda Minujin), Lala (Carmela Minujin) y Manu (Ezequiel Fontenla), sino que lo interpretan como un juego más en medio del cual, son ellos quienes por momentos tienen que hacerse cargo de cuidarse solos, de buscar la madurez que el hombre no posee. La cámara en mano, el movimiento y el desenfoque acompañan la vida de inestabilidad e incertidumbre del protagonista. En contraste, su ex esposa, Cecilia (Jazmín Stuart), es observada a través de planos fijos convirtiendo a esta figura en la personalización del orden y los límites en el presente de los chicos. La mujer mantiene una actitud resignada y no se sorprende de la irresponsabilidad con la que Gustavo transita su vida apostando por una relación cordial, que por momentos se tensa, cuando debe reprocharle sus falencias. El respeto predomina pero también cierta impotencia respecto a los dos estilos de educación y crianza hasta que una propuesta laboral en Paraguay para Guille –su actual pareja, interpretado por Juan Minujín- le sirven como vía de escape. La decisión parece firme: cuando termine el verano ella, junto a sus hijos irán a vivir a Asunción. Algo que Gustavo no parece aceptar del todo, como tampoco su hija mayor, decidida a quedarse en Buenos Aires junto a él.

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Las buenas intenciones es una película que, al igual que el hombre, pone a la música en primer plano. Flema, Los violadores, son parte de la banda sonora junto a los temas de Sorry, la banda de Javier García Blaya, padre de la directora. Confirmando el carácter autobiográfico del film y apelando, por momentos, al recurso del archivo, la ópera prima recuerda su infancia y, en particular, la relación con este músico y dueño de una disquería.
Ambientada en los años 90, entre casettes y Vhs, el film de Ana García Blaya vuelve al desorden de su etapa de crecimiento, el pasado rockero que su padre le dejó como legado, sus costados dramáticos, pero también las grandes aventuras. A su vez, hace que la infancia y la paternidad sean vistas de forma simple, ni densas ni livianas, que la figura de Gustavo no sea la de un héroe ni villano, sino que se instala en el medio, en la confusión, el movimiento, en la dificultad pero sobre todo, en el cariño de las buenas intenciones.

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