UN PIBE CON LA REMERA DE KISS: “FIN DE SIGLO” #CASTRO

por Mercedes Orden

Pero cómo vos te llames
esta noche no va a importar
si en el agua vamos a descansar
como dos desconocidos
que se conocían muy bien.
“Otro villano más”, Bestia Bebé

Ocho (Juan Barberini), un argentino que vive en Madrid, llega a Barcelona para escapar de la rutina laboral y de los recuerdos de una ruptura amorosa reciente. Al salir de la estación, captura algunas escenas con su celular y luego comienza su recorrido hasta dar con el departamento que contactó a través de la plataforma Airbnb. Una vez dentro, inspecciona al detalle los rincones, abre la heladera donde solo lo esperan algunas botellas de cerveza, analiza los seis libros que encuentra -algo que seguramente tendrá sabor a poco en su vida de escritor- y luego sale a hacer turismo por esa ciudad cosmopolita donde todo resulta posible, donde lo antiguo y lo moderno conviven en un espacio común.
Entre el silencio y la soledad, Ocho construye el principio de su viaje. Da una vuelta por el Laberinto de Horta, sale a tomar algo, mira fotos desde su celular, se masturba, y observa desde su balcón las formas de interacción dentro del barrio que lo recibe, sin entrar en comunicación con un otro. Una visita a la playa cambia ese estado a partir de un encuentro inesperado. Una cámara testigo acompaña al protagonista en cada uno de sus recorridos, incluso cuando se sumerge en el mar donde establece un contacto visual con alguien que le resulta desconocido pero llama su atención. Hecho que lo deja fascinado y con la esperanza de poder volver a establecer algún tipo de contacto con ese rostro.

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Cuando el azar – o lo que parece serlo- lleva a que Ocho vuelva a ver desde el balcón a este muchacho con una remera de Kiss, no deja librado al destino un próximo encuentro sino que luego de llamar su atención con un grito, lo invita a subir a su departamento. Una vez allí le ofrece algo de tomar, como forma de romper el hielo antes de pasar al encuentro sexual. Será en ese rato en que el protagonista comience a descubrir quién es Javier (Ramón Pujol), un español que vive en Berlin junto a su marido y que está de paso por la ciudad para visitar a sus padres. Las experiencias dispares acompañarán charlas sobre diversos temas con la misma atención e interés, deseando que ese momento no acabe, teniendo la sensación de que se conocen de otra vida o de todas las vidas y quizás así sea.
Lucio Castro apuesta por una ópera prima que asume el riesgo de enfrentarse a una estructura con diferentes capas temporales como un modo de reflexionar acerca de los vínculos, la libertad, la paternidad, a partir de los encuentros y desencuentros de estos hombres. Cuando Ocho se cruza con Javier, luego de la soledad percibida en la ausencia de diálogo de los primeros doce minutos del film, podría pensarse que la historia está destinada a ser un simple chico-conoce-chico, pero Castro, con cierta inspiración del cine de Hong Sang-soo, nos saca de la zona de confort para presentarnos la complejidad de otros escenarios posibles y para demostrar que todo podría ser de otra forma.

 

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